Esta es una traducción libre de The Coming Clash of Civilizations, publicado por Mike Brock en Notes from the Circus el 19 de octubre de 2025. Aunque algunas referencias son propias de la actualidad e historia americanas, el tema central del artículo y sus implicaciones tienen ramficaciones a nivel global.
El choque de civilizaciones no se produce entre culturas, sino entre jerarquías y ciudadanos.
Hasta hace muy poco, yo era un centrista liberal tecnócrata. Creía en los mercados, en la optimización y en que la experiencia técnica resolvía problemas mediante el análisis. Observaba el crecimiento del PIB y el comportamiento de la bolsa y pensaba: el sistema funciona. Triunfé en Silicon Valley e interioricé los marcos conceptuales que hicieron posible ese éxito: la innovación rompe esquemas, los mercados asignan recursos mejor que la política y una minoría inteligente debe liderar mientras construye sistemas que beneficien a todos.
Entonces empecé a notar algo que no podía ignorar. Personas inteligentes a las que respetaba —especialmente en el ámbito de las criptomonedas— hablaban con naturalidad sobre el feudalismo. No como una cuestión histórica o una provocación, sino como propuestas serias para organizar la sociedad. “La democracia y la libertad son incompatibles”. “La mayoría de la gente no es capaz de autogobernarse”. “El problema es la sobreproducción de élites: hemos formado a demasiadas personas por encima de su posición social”.
No se trataba de excéntricos marginales. Peter Thiel escribiendo que la democracia y la libertad son incompatibles. Curtis Yarvin publicando planes para una monarquía corporativa. Todo un aparato neorreaccionario en Silicon Valley mientras yo optimizaba sistemas de pago. Y eran explícitos: el experimento democrático ha fracasado, las restricciones constitucionales impiden tomar las medidas necesarias, la mayoría de la gente debería aceptar papeles subordinados y una minoría inteligente debería gobernar.
Esto me llevó a un terreno desconocido y solitario. No en un sentido físico, aunque mi carrera se vio afectada, sino en el intelectual: un espacio donde las certezas cómodas ya no tenían sentido. Lo curioso de decir verdades incómodas al poder es que los reclutadores dejan de llamar. Renuncié a amistades, oportunidades y a mi estatus de persona influyente. No porque buscara la marginación, sino porque la honestidad intelectual así lo exigía.
Desde este terreno desconocido, puedo ver lo que antes no veía: nos dirigimos hacia un choque de civilizaciones. No el choque entre culturas de Huntington, sino algo más fundamental. Un choque entre visiones incompatibles sobre cómo deben organizarse los seres humanos: si la gente común posee o no la capacidad de gobernar sus propias vidas.
Y la suerte ya está echada.
Gran parte de mis escritos del último año han analizado cómo la tecnocracia vació de contenido la democracia: cómo el conocimiento experto, que debería servir de base para la elección ciudadana, acabó sustituyéndola; cómo cuestiones complejas se convirtieron en problemas técnicos que requerían una gestión experta; cómo las métricas que miden la actividad reemplazaron a la evaluación de si dicha actividad contribuye al florecimiento humano.
Pero ayer, al ver a un comediante hablar en nombre de la Generación Z sobre el colapso total de los trabajos de entrada, algo cobró sentido con una claridad que el análisis abstracto no lograba captar. La realidad visceral de un sistema que forma a personas cualificadas para empleos que no existen. Las compañías que exigen años de experiencia para puestos de entrada — una imposibilidad lógica evidente. Sistemas de selección mediante IA que son, a la vez, “objetivos” y demostrablemente racistas. Una generación que ha hecho todo bien y descubre que cada promesa era mentira.
La precariedad no es teórica. Se manifiesta en jóvenes con títulos y deudas, sin perspectivas de futuro, tachados de vagos por no triunfar en un sistema diseñado para hacer imposible el éxito. La eliminación sistemática de mecanismos —programas de formación, aprendizajes, empleos de entrada reales— que antes permitían una incorporación digna a la vida económica. Corporaciones que alegan escasez de mano de obra mientras se niegan a contratar o formar a nadie.
Y aquí está lo que se cristalizó: Peter Thiel estaría de acuerdo con cada palabra de ese diagnóstico.
La izquierda populista y la derecha neorreaccionaria perciben una realidad idéntica. El sistema está roto. La promesa de oportunidades democráticas mediante la educación y el trabajo duro ha resultado ser una mentira. Formamos a personas cualificadas para empleos que no existen. Las credenciales académicas conducen a la deuda, no a la seguridad. Los indicadores celebrados por los economistas —crecimiento del PIB, comportamiento bursátil, bajo desempleo— pasan por alto lo que la gente vive realmente: precariedad, desesperación y la eliminación sistemática de vías hacia una vida adulta digna.
Ambos bandos reconocen que la situación actual es insostenible. Ambos rechazan la insistencia del centro tecnocrático en que los datos agregados demuestran que todo va bien. Ambos comprenden que algo fundamental se ha roto.
Pero llegan a conclusiones diametralmente opuestas sobre lo que debe ocurrir a continuación.
La izquierda populista afirma: la promesa era correcta, pero debemos cumplirla. Hay que reorganizar la vida económica para que la productividad sirva al florecimiento humano en lugar de a la extracción de riqueza. Es necesario un control democrático sobre las estructuras que moldean nuestras vidas. Hay que ampliar el acceso a las oportunidades, garantizar seguridad y dignidad para todos y reconstruir el contrato social destruido a lo largo de cuarenta años.
La derecha neorreaccionaria sostiene: el error fue la promesa misma. Creamos una “sobreproducción de élites“ al educar a personas por encima de su posición natural. La mayoría de los seres humanos no son capaces de autogobernarse; la democracia estaba condenada al fracaso desde el principio. Hay que dejar de fingir lo contrario. Es preciso restaurar jerarquías explícitas, permitir que gobierne una minoría inteligente y hacer que el resto acepte papeles subordinados. Dejar de educar a quienes deberían ser fontaneros. Abrazar el orden natural. Volver al feudalismo, pero con mejor tecnología.
Esto no se trata de leer entre líneas. Cuando Thiel escribe que la democracia y la libertad son incompatibles, lo dice en serio. Cuando Yarvin publica esquemas para sustituir la democracia constitucional por estructuras monárquicas, habla con seriedad. Cuando J.D. Vance —ahora vicepresidente— habló de actuar “fuera de los cauces constitucionales” y citó el desafío de Andrew Jackson a la revisión judicial como modelo, expresó un rechazo explícito a las limitaciones constitucionales.
No son discrepancias sobre políticas públicas concretas. Son visiones incompatibles sobre qué clase de civilización debemos ser. ¿Ciudadanos o súbditos? ¿Democracia o feudalismo? ¿Autogobierno o jerarquía? ¿La creencia de que la gente común puede determinar su destino colectivo, o la convicción de que tal creencia es una ilusión peligrosa?
Nos dirigimos hacia un choque entre estas visiones, querámoslo o no.
Debo ser claro: la mayoría de los líderes empresariales no son feudalistas conscientes que conspiran para restaurar la jerarquía. Toman decisiones que parecen racionales dentro de marcos mentales interiorizados; marcos que generan resultados feudales mientras se perciben como prácticas empresariales sofisticadas.
Cuando los directores ejecutivos eliminan programas de formación, piensan en los beneficios trimestrales y en el valor para el accionista, no en impedir deliberadamente que los jóvenes accedan al mercado laboral. Cuando las empresas exigen títulos universitarios para puestos que nunca los requirieron, no están implementando conscientemente una inflación de credenciales, sino utilizando un filtro de calidad evidente. Cuando simplifican las estructuras y eliminan los mandos intermedios, buscan la “eficiencia”, no crear deliberadamente condiciones laborales imposibles.
Cada decisión parece justificable bajo marcos que dictan: maximizar el valor para el accionista, minimizar costos, optimizarlo todo y confiar en que los mercados clasifiquen a las personas de forma natural. El marco en sí genera una crueldad sistemática, mientras que quienes lo aplican creen estar actuando como gestores responsables.
Pero algunos —intelectuales y multimillonarios que construyen la arquitectura filosófica y financiera— saben exactamente lo que están haciendo. Han creado marcos que otros aplican ahora sin percibir adónde conducen. Y, si se les escucha, hablan explícitamente de acabar con la gobernanza democrática y restaurar la jerarquía.
Esto es importante porque no nos enfrentamos a una maldad consciente en cada sala de juntas. Nos enfrentamos a marcos conceptuales normalizados que la mayoría de quienes operan dentro de ellos no reconocen como causantes de estos resultados. El director ejecutivo que recorta programas de formación probablemente piensa: “Estoy gestionando mi empresa con responsabilidad”, y no: “Estoy ayudando a construir el neofeudalismo”.
Lo cual hace que esto sea, a la vez, más comprensible y más peligroso. Esto no se puede vencer simplemente sustituyendo a los actores nefastos por otros benévolos. Es preciso cuestionar los marcos conceptuales mismos: las suposiciones sobre lo que constituye una “buena empresa”, el propósito de la actividad económica y a qué intereses deben servir las estructuras económicas.
Y los arquitectos sofisticados —figuras como Thiel y Yarvin, que construyen justificaciones intelectuales para la jerarquía y argumentos explícitos contra la gobernanza democrática— sirven de cobertura para todos los demás. Otorgan una apariencia de respaldo intelectual serio a ideas que, de otro modo, se percibirían como monstruosas. Permiten que personas decentes participen en la construcción del feudalismo creyendo, al mismo tiempo, que están siguiendo las mejores prácticas.
He aquí lo que hace que esto sea verdaderamente revolucionario: todos, salvo el centro tecnocrático, reconocen ya que el sistema actual ha llegado a su fin.
La izquierda populista lo percibe. La derecha neorreaccionaria también. Y, curiosamente, los libertarianos, los anarquistas de Bitcoin y los entusiastas de los “Estados red” [network states] también lo ven — aunque han llegado al feudalismo por una vía distinta. Su error fundamental no radica en defender los mercados o la libertad individual, sino en su concepción infantil del poder. Ellos imaginan que eliminar la autoridad estatal conduce naturalmente a la libertad humana, como si el poder fuera a evaporarse sin más en lugar de reconcentrarse inmediatamente en manos privadas. Ellos creen que es posible eliminar la política eliminando el gobierno, sin reconocer que las concentraciones de poder simplemente se reconstituyen bajo formas diferentes. Sus “Estados red” voluntarios se convertirían rápidamente en ciudades-empresa sólo que con mejor imagen de marca. Sus utopías de criptomonedas acabarían consolidándose como oligarquías gobernadas por los primeros usuarios. No están construyendo alternativas a la jerarquía, sino jerarquías desprovistas de controles democráticos; es decir, feudalismo con blockchain. Como bien entendió Madison —y como olvidan los libertarianos ingenuos—, el poder no desaparece al desmantelar las instituciones diseñadas para dispersarlo; sino que se concentra. Estamos presenciando este fenómeno en tiempo real: Musk controla infraestructuras críticas a través de Starlink, mientras que, según se informa, el gobierno de EEUU planteó la posibilidad de restringir el acceso como medida de presión durante las negociaciones sobre los recursos minerales de Ucrania. Se trata exactamente de esa fusión de poder público y privado que la Constitución, diseñada por Madison, pretendía evitar.
Solo las figuras del establecimiento insisten en que el PIB crece, el desempleo es bajo y todo marcha bien, siempre y cuando la gente se limite a observar los datos.
Yo fui una de esas personas. Yo miraba las métricas agregadas y pensaba que reflejaban lo importante. Creía que si las cifras mostraban crecimiento y estabilidad, el sistema funcionaba; quien no estuviera de acuerdo necesitaba una mejor comprensión de la economía.
Estaba completamente equivocado. No porque las cifras fueran falsas, sino porque medían cosas totalmente equivocadas.
El PIB puede aumentar mientras el bienestar humano se desploma. El PIB mide la actividad económica, no si esta contribuye a la vida de las personas. El aumento vertiginoso de los costos sanitarios implica un mayor PIB. Que la gente se endeude para sobrevivir también implica un mayor PIB. Que las burbujas inmobiliarias encarezcan la vivienda también implica un mayor PIB. Esta métrica trata la extracción y el bienestar por igual porque solo registra las transacciones, no el significado humano.
El rendimiento de la bolsa indica que los propietarios de activos se están enriqueciendo. Cuando el 10% más rico concentra aproximadamente la mitad del gasto de los consumidores —según el análisis de Moody’s Analytics—, el alza de la bolsa significa que la extracción funciona según lo previsto. Las corporaciones transforman con éxito la vida humana en beneficios para los accionistas. Eso es lo que hace subir el precio de las acciones.
La tasa de desempleo solo mide a las personas que buscan trabajo activamente y no lo encuentran. Alguien con un doctorado que trabaja en tres puestos de profesor adjunto a tiempo parcial sin prestaciones y con salarios de miseria está “empleado”. Alguien que conduce para Uber y DoorDash y vive en su carro también está “empleado”. Alguien que dejó de buscar trabajo porque el mercado laboral es imposible no se contabiliza. Este indicador se diseñó para una economía diferente y ahora oculta más de lo que revela.
Estos indicadores pueden parecer “buenos” mientras la gente sufre una precariedad catastrófica, un futuro incierto y la traición sistemática a todas las promesas sobre cómo sería la vida si hicieran todo bien. Cuando la gente dice “Estoy pasando apuros” y los expertos responden “en realidad, los datos muestran una recuperación sólida”, no se trata de mala comunicación. Es el marco tecnocrático revelando su falla fundamental.
Por eso la gente siente que la economía va mal cuando los economistas insisten en que va bien. “La economía” se ha desvinculado de si las personas pueden vivir dignamente. Los indicadores que utilizamos miden lo que favorece la acumulación de capital, no lo que beneficia a los seres humanos. Defender esas métricas mientras la vida de las personas se desmorona valida la crítica neorreaccionaria de que las instituciones democráticas sirven a élites expertas, no a la gente común.
Tienen razón. Los tecnócratas son realmente desdeñosos. Las métricas realmente no captan lo esencial. Las instituciones democráticas han sido cooptadas por personas que priorizan lo incorrecto. Los feudalistas tienen razón en su diagnóstico de fracaso institucional, lo que hace que su monstruosa receta sea tan peligrosa.
No dejo de pensar en cómo llegamos hasta aquí. No analizando abstractamente cuarenta años de políticas, sino en la práctica: ¿cómo personas inteligentes y bienintencionadas crearon las condiciones que hacen que el feudalismo parezca una alternativa coherente?
Reemplazamos la democracia por la tecnocracia. No en un momento dramático, sino a través de decisiones acumuladas que parecían razonables: los problemas complejos requieren soluciones expertas, la gente común carece del conocimiento para tomar decisiones informadas, deberíamos dejar que las personas inteligentes optimicen los sistemas en lugar de someterlo todo a la ineficiencia democrática.
Esto suena razonable hasta que te das cuenta de que cada pregunta importante sobre la vida humana se ha redefinido como una cuestión técnica que requiere gestión experta. ¿Cómo debemos organizar la actividad económica? Es una cuestión técnica; confíen en los economistas. ¿Cómo estructurar la sanidad? Es una cuestión técnica; confíen en los expertos en políticas públicas. ¿Cómo responder al cambio climático? Es una cuestión técnica; confíen en los científicos e ingenieros.
Pero estas no son cuestiones puramente técnicas. Son cuestiones de valores disfrazadas de técnicas. La pregunta “¿Cómo organizamos la actividad económica?” en realidad plantea: ¿para qué sirve la actividad económica? ¿A quién debe servir? ¿Qué obligaciones tenemos entre nosotros? ¿Qué sociedad queremos? La experiencia técnica puede indicar qué se logra con diferentes opciones, pero no puede indicar qué logro perseguir. Ese es un juicio de valor que pertenece a la deliberación democrática.
No estoy en contra de la experiencia; estoy en contra del dominio de los expertos. La experiencia debe informar la elección democrática, no reemplazarla. Necesitamos expertos que expliquen las implicaciones y las ventajas y desventajas, que proporcionen análisis sobre qué se lograría con diferentes caminos. Lo que no podemos permitir es que los expertos emitan juicios de valor bajo el pretexto de la optimización técnica.
Cuando se permite que los expertos emitan esos juicios de valor como optimización técnica, se vacía el contenido democrático de la gobernanza democrática. La gente lo siente: decisiones que afectan sus vidas, tomadas por personas con credenciales que ellos no poseen, utilizando criterios que no eligieron y buscando resultados por los que nunca votaron.
Esto crea el vacío que llenan los populistas autoritarios. Prometen devolver la capacidad de decisión a personas a quienes se les ha arrebatado sistemáticamente. La promesa funciona no porque la gente sea estúpida, sino porque aborda una realidad: has sido excluido sistemáticamente de las decisiones sobre tu propia vida. El sistema está gestionado, en efecto, por personas que desestiman tu experiencia alegando que no comprendes lo suficiente sus sofisticados análisis.
Los neorreaccionarios explotan esto brillantemente. Afirman que la democracia no funciona porque la mayoría de la gente no es capaz de autogobernarse. Necesitamos jerarquía, un gobierno de unos pocos inteligentes que comprendan sistemas complejos. Y señalan a la élite tecnocrática como prueba: miren a estos expertos que lo controlan todo, desestiman las preocupaciones cotidianas e insisten en que sus indicadores muestran éxito mientras la vida de los demás se desmorona. Simplemente estamos siendo honestos sobre la realidad.
Por eso, el centro tecnocrático ignora por completo el choque de civilizaciones que se está desarrollando. Su marco conceptual es incapaz de procesar un cambio de régimen. Pueden optimizar dentro de los sistemas, pero no reconocen cuando los sistemas mismos están siendo atacados. Cuando alguien dice que “la democracia constitucional es el problema”, el marco tecnocrático lo interpreta como “quiere un enfoque regulatorio diferente”. Cuando alguien publica planes para una monarquía, lo leen como “un ejercicio intelectual provocador”. Cuando alguien invoca el término “extraconstitucional”, lo interpretan como “retórica trumpista que va a moderar”.
No pueden comprender que una de las partes haya rechazado explícitamente todo el marco de la gobernanza democrática. Por eso, siguen intentando encontrar compromisos razonables entre posiciones incompatibles. Insisten en que ambas partes se extralimitaron y que necesitamos un centrismo equilibrado. Siguen creyendo que las normas y los precedentes limitarán a quienes rechazan explícitamente las normas como limitaciones.
Una parte juega para ganar dentro de las reglas. La otra juega para eliminarlas. El establecimiento cree que las reglas son lo suficientemente fuertes como para limitar ambas partes. Adivinen quién gana.
Entonces, ¿qué trabajo hay que hacer? ¿Qué requiere el proyecto liberal en este momento?
Por “liberal” me refiero a algo específico: la creencia de que la gente común puede gobernarse a sí misma mediante la razón, la deliberación y las instituciones democráticas. No me refiero a “liberal” en el sentido de posiciones culturales progresistas o gestión tecnocrática, sino a liberal en el sentido clásico: no tenemos reyes, somos ciudadanos, no súbditos; el autogobierno es posible; la democracia puede funcionar si construimos instituciones y creamos las condiciones que lo hacen posible.
Este proyecto liberal se enfrenta a tres tareas urgentes.
Primero: contener las energías neofeudales antes de que consoliden su poder. No mediante la persuasión —no se puede persuadir a quienes han rechazado conscientemente el marco que la posibilita—, sino mediante la resistencia institucional, dificultando su ejecución. Los desafíos legales deben obligarlos a trabajar dentro de las limitaciones que pretenden eliminar. Se trata de construir coaliciones que trasciendan las líneas tradicionales de izquierda y derecha en torno a una pregunta sencilla: ¿creen que la gente común puede gobernarse a sí misma? Es necesario visibilizar la disyuntiva: debatimos entre ciudadanos y súbditos.
Esto exige reconocer que quien afirma que “las limitaciones constitucionales impiden la acción necesaria” no propone reformas políticas dentro del marco constitucional, sino que propone eliminarlo. Esta postura no es negociable; es la que debe excluirse del debate democrático, ya que implica que el debate democrático mismo debería terminar.
Segundo: abordar de verdad la crisis de movilidad socioeconómica. No mediante indicadores tecnocráticos que ignoran lo esencial, sino mediante una respuesta democrática genuina al sufrimiento real. La promesa era que la educación y el trabajo duro conducirían a la seguridad y las oportunidades. Debemos cumplir esa promesa o reconocer honestamente que la estamos abandonando. Si la abandonamos, les cedemos el terreno a quienes responden: “La mayoría de ustedes deberían aceptar puestos subordinados porque la promesa misma fue el error”.
Esto implica reorganizar la forma en que creamos y distribuimos el valor económico. Un control democrático sobre las estructuras económicas que dan forma a nuestras vidas. Bienes públicos que brinden seguridad: vivienda, salud, educación sin servidumbre por deudas. El poder de los trabajadores sobre la producción, en lugar de que el capital tenga un poder ilimitado sobre la mano de obra. Medir el éxito por la capacidad de las personas para vivir dignamente, no por el aumento del PIB y de los precios de las acciones.
Y, fundamentalmente, ser honestos sobre lo que no reflejan las métricas. Cuando se dice que la economía está mal y se responde “en realidad, los datos muestran que está bien”, se está validando la crítica neorreaccionaria. Se está demostrando que las instituciones democráticas están realmente controladas por élites que desestiman la experiencia común. Dejemos de hacerlo. Reconozcamos que las métricas miden lo incorrecto. Que las estructuras económicas sirven a la extracción en lugar de al florecimiento. Que el sistema realmente está roto como dicen, y que la democracia puede arreglarlo mejor que la jerarquía.
Tercero: reconstruir las instituciones democráticas que la tecnocracia vació de contenido. Devolver las cuestiones de valor a la deliberación democrática, en lugar de tratarlas como problemas técnicos que requieren una optimización experta. Hacer que el conocimiento experto sirva a la capacidad de acción de la ciudadanía en vez de suplantarla: los expertos deben fundamentar nuestras decisiones, no tomarlas por nosotros. Generar una participación democrática genuina en la vida económica y cívica; no limitarse a votar cada cierto tiempo, sino ejercer un poder real sobre las decisiones que configuran la vida cotidiana.
Esto es más difícil de lo que parece, ya que requiere distinguir entre cuestiones de marco conceptual y cuestiones de política pública. ¿Cómo debemos tomar decisiones en conjunto? Esa es una cuestión de marco, y cualquiera que esté comprometido con la democracia debería estar de acuerdo: mediante procesos democráticos que otorguen a todos el derecho a participar. ¿Qué debemos decidir? Esa es una cuestión de política pública, donde el desacuerdo no solo es aceptable, sino necesario para el funcionamiento de la democracia.
Cuando se permite que los desacuerdos sobre políticas públicas se conviertan en desacuerdos sobre el marco conceptual —cuando una de las partes dice: “rechazamos el marco conceptual para tomar decisiones en común”—, se le abre la puerta al autoritarismo. El marco debe defenderse incluso cuando mantenemos fuertes discrepancias sobre las políticas públicas que se adoptan dentro de él.
Vuelvo una y otra vez a algo que me preocupa profundamente: ¿cómo es posible que personas con las que trabajé en Silicon Valley —inteligentes, creativas y, a menudo, genuinamente idealistas— terminaran creando y financiando proyectos explícitamente antidemocráticos?
En parte, se debe a una creencia genuina en la meritocracia; y cuando uno realmente cree en la meritocracia, la conclusión lógica es que algunas personas merecen gobernar y otras, obedecer. Si el éxito depende exclusivamente del mérito, entonces quienes tienen éxito son superiores —no solo en tareas específicas, sino en un sentido fundamental—. Y si son fundamentalmente superiores, ¿por qué no habrían de gobernar? ¿Por qué deberían verse limitados por las opiniones de personas que no han demostrado una capacidad equivalente?
Esto parece razonable si se acepta la premisa. Pero la premisa es falsa. El éxito en nuestro sistema viene determinado por muchos factores ajenos al mérito individual: la riqueza y los contactos iniciales, el acceso a la educación, el momento oportuno y la suerte, el hecho de operar dentro de redes que abren puertas o de estar bien posicionado en sistemas de extracción de valor. Atribuir todo el éxito al puro mérito constituye un error de categoría que hace que el feudalismo parezca lógico.
Otra parte se debe a la enorme riqueza; cuando se posee una riqueza inmensa, uno puede aceptar las obligaciones que tiene con la sociedad que ha hecho posible ese éxito, o bien convencerse de que todo se ha logrado gracias al genio individual y de que no se le debe nada a nadie. Esto último resulta psicológicamente más sencillo: permite conservar todo y, al mismo tiempo, sentirse bien. Una vez que uno se ha convencido de que no debe nada, la idea de verse limitado por personas que han ganado menos parece, obviamente, un error.
Y, por último, influye también la simple captura intelectual. Cuando estás rodeado de personas que discuten ideas neorreaccionarias, cuando esas ideas cuentan con un respaldo filosófico sofisticado y quienes las defienden son ricos, exitosos y seguros de sí mismos, resulta fácil pensar que debe haber algo de cierto en ellas. Especialmente si ya has dado los dos primeros pasos: creer en una meritocracia pura y convencerte de que no le debes nada a nadie.
Pero el resultado es que Silicon Valley, que antaño se presentaba a sí mismo como el artífice del futuro, ahora financia el retorno del feudalismo. No por accidente ni por incompetencia, sino deliberadamente y con justificación filosófica. Quienes disponen de más recursos para moldear el futuro trabajan explícitamente para eliminar la gobernanza democrática y restaurar la jerarquía.
Por eso no podía guardar silencio. Por eso ahora me encuentro en el ostracismo. Porque, una vez que ves lo que se está gestando, tienes que elegir: mantener la cómoda posición de quien no quiere causar problemas o conservar la honestidad intelectual sobre lo que estás presenciando. Para mí, la elección era obvia. Los marcos conceptuales en los que yo creía estaban siendo instrumentalizados para algo monstruoso, y fingir lo contrario habría requerido un autoengaño que yo no podía sostener.
El establecimiento todavía no comprende lo que está sucediendo. Creen que se trata de un debate político convencional, donde ambas partes tienen preocupaciones legítimas y se requiere un compromiso equilibrado. Piensan que, si presentan al candidato adecuado con el mensaje y la coalición correctos, podrán ganar unas elecciones y todo volverá a la normalidad de la competencia democrática.
Pero esto no es una competencia democrática normal. Se trata de un bando que intenta un cambio de régimen, mientras el otro finge que es simplemente un ciclo electoral más.
Cuando el vicepresidente habla de actuar “fuera de la Constitución”, no es retórica de campaña. Es una declaración explícita de que las restricciones constitucionales deben dejarse de lado. Cuando intelectuales destacados publican propuestas detalladas para sustituir la democracia por una monarquía, no es una provocación; es una hoja de ruta. Cuando multimillonarios financian a políticos que abogan abiertamente por eliminar los límites democráticos al poder ejecutivo, no es solo conservadurismo agresiv. Es un rechazo explícito a la gobernanza constitucional.
El establecimiento no logra asimilar esto porque todo su esquema parte de la premisa de que todos actúan de buena fe dentro de las normas democráticas. Saben gestionar desacuerdos políticos. Saben gestionar conflictos partidistas. Lo que no saben gestionar es que una de las partes rechace la premisa que hace negociables los desacuerdos políticos: el compromiso compartido con la misma gobernanza democrática.
Así que siguen intentando encontrar un punto medio entre la democracia y el feudalismo. Persisten en tratar la elección civilizatoria como una postura política que exige compromiso. Siguen creyendo que las normas limitarán a quienes las rechazan explícitamente. Al hacerlo, normalizan lo que debería excluirse, toleran lo que debería resistirse y permiten lo que debería detenerse.
Por eso la respuesta del establecimiento a las ideas neorreaccionarias es tan peligrosa. Cuando tratan la idea de que “quizás la democracia y la libertad sean incompatibles” como una perspectiva más para debatir de buena fe, legitiman la cuestión misma. Cuando responden a los llamados explícitos a la monarquía con un “busquemos puntos en común”, tratan el cambio de régimen como una preferencia negociable. Cuando insisten en que ambos bandos se extralimitaron y que necesitamos un centrismo sensato, se posicionan a la misma distancia de la democracia y el feudalismo, como si fueran extremos equivalentes que requieren equilibrio.
No lo son. Uno es el marco conceptual que nos permite negociar las diferencias. El otro es el rechazo explícito de ese marco. No se puede llegar a un compromiso entre ambos, del mismo modo que no se puede dividir la diferencia entre el oxígeno y el vacío. Solo puedes elegir qué defiendes, y no elegir es elegir el feudalismo por defecto, porque el feudalismo surge cuando fracasan las instituciones democráticas.
Así que aquí estamos. El inminente choque de civilizaciones — no entre culturas o religiones, sino entre visiones de cómo deberían organizarse los seres humanos. Ciudadanos o súbditos. Democracia o jerarquía. Autogobierno o gobierno de quienes se atribuyen una cualificación superior.
Ambas partes ven el mismo sistema fallido. Ambas reconocen que el orden actual está acabado. Ambas rechazan la insistencia del sistema establecido de que todo está básicamente bien. La pregunta es qué reemplazará al sistema fallido, y las respuestas que se ofrecen son fundamentalmente incompatibles.
Los neorreaccionarios tienen una respuesta sistemática: adoptar la jerarquía, acabar con la farsa democrática, dejar que unos pocos inteligentes gobiernen mientras la mayoría acepta posiciones subordinadas. Dejar de educar a quienes están por encima de su posición. Volver al orden natural. Esto es monstruoso, pero coherente: explica por qué fracasó el sistema actual y presenta una visión clara de lo que debería reemplazarlo.
La alternativa democrática aún se está construyendo. Sí, necesitamos bienes públicos que garanticen la seguridad. Sí, necesitamos poder de la clase trabajadora sobre la producción. Sí, necesitamos estructuras económicas que fomenten el bienestar humano en lugar de la explotación. Sí, necesitamos un control democrático real sobre las decisiones que dan forma a nuestras vidas. Pero aún no se han integrado en un marco conceptual sistemático que explique cómo encajan, cómo alcanzarlas y cómo mantenerlas una vez logradas.
Este es el trabajo que importa ahora. Construir una infraestructura intelectual para una alternativa democrática que iguale la claridad que ofrecen los feudalistas. Esto implica un renovado poder de los trabajadores, opciones públicas para la vivienda, la sanidad y la educación, e instituciones donde los ciudadanos —no los inversores— definan los objetivos. Demostrar por qué ampliar las oportunidades es mejor que restringirlas, por qué los ciudadanos son mejores que los súbditos, por qué la democracia resuelve la crisis mejor que la jerarquía. No se trata solo de oponerse a lo que están construyendo, sino de articular lo que nosotros estamos construyendo en su lugar.
La suerte está echada. El enfrentamiento se avecina. El sistema actual, que todos, excepto la élite, reconocen como fallido, será reemplazado por algo. La cuestión es si ese algo ampliará el bienestar humano o lo restringirá para servir a unos pocos que se arrogan una supuesta superioridad natural.
Ahora me encuentro en un lugar remoto, pero desde esta posición puedo ver lo que no podía ver desde los marcos en los que solía vivir. Veo que la línea de batalla está trazada. La lucha es por la autogobernanza misma. Y los feudalistas llevan la delantera, no porque su visión sea mejor, sino porque han construido la infraestructura para articularla sistemáticamente, mientras que la alternativa democrática permanece fragmentada, incierta, aún en desarrollo.
Pero se puede construir. Hay que construirla. Porque la alternativa es aceptar que el experimento democrático fracasó, que la gente común no puede gobernarse a sí misma, que deberíamos volver al gobierno de quienes afirman merecer el poder.
No lo acepto. No lo aceptaré.
La promesa de que la gente común puede determinar colectivamente su propio destino: eso vale la pena defenderlo. Eso vale la pena construirlo. Eso vale la pena el lugar remoto en el que me encuentro ahora. Y sé lo que me costó ver esto con claridad. Sé lo que se siente al reconocer que los sistemas que ayudaste a construir, los marcos en los que creías, se están convirtiendo en armas monstruosas. Sé lo que significa renunciar al éxito profesional, a la comodidad y a la aprobación de personas cuya inteligencia respetas, todo porque no puedes ignorar la realidad.
Pero también sé lo que se siente al redescubrir la ciudadanía después de años de pensar como un tecnócrata. Recordar que la democracia no es solo un sistema para agregar preferencias u optimizar resultados, sino la propuesta radical de que la gente común posee la dignidad suficiente para gobernar sus propias vidas. Que la experiencia debe servirnos, no dominarnos. Que no somos recursos para ser optimizados, sino ciudadanos con la legitimidad para determinar nuestro destino colectivo.
Ese amor por la democracia —no como un principio abstracto, sino como un compromiso vivo con el autogobierno— es lo que encontré en la intemperie. Y es lo que hace que la elección que tenemos por delante sea tan clara.
Desde esta intemperie, les digo: elijan por cuál civilización están luchando. La elección es binaria. Ciudadanos o súbditos. Democracia o feudalismo. Autogobierno o jerarquía. No hay término medio entre ellos.
El establecimiento insistirá en que están siendo demasiado dramáticos, que las normas resistirán, que esto es solo otro debate político que requiere un compromiso equilibrado. Ellos se equivocan. Se equivocan de manera catastrófica y peligrosa. No pueden ver lo que se avecina porque sus marcos de referencia excluyen esa posibilidad.
Pero ustedes pueden verlo. Cualquiera que preste atención puede verlo. Los neorreaccionarios expresan abiertamente lo que quieren. La izquierda populista expresa abiertamente que reconoce esa misma realidad rota. La cuestión es qué respuesta triunfará: expansión o restricción, ciudadanos o súbditos, democracia o feudalismo.
Yo ya he elegido. Renuncié a la posición cómoda dentro de los marcos que sirven a la extracción. Ahora estoy en la intemperie, y desde aquí el camino es claro: o construimos la alternativa democrática o nos rendimos ante el feudalismo.
La cuerda floja todavía resiste. Pero solo si la recorremos conscientemente, rechazando tanto la ilusión del establecimiento de que todo va bien como la promesa de los feudalistas de que la jerarquía es natural e inevitable.
No somos súbditos. No seremos súbditos. No tenemos reyes; ni ahora, ni nunca.
El choque de civilizaciones que se avecina determinará qué futuro se hace realidad. Y yo sé de qué lado estoy.
¿Qué elegirán ustedes?
Ciudadanos o súbditos. Elijan y luego construyan.
(imagen: Madhur Chadha)



