Dicen por ahí que la historia no se repite pero rima. Y creo que algo por el estilo está ocurriendo en ciertos rincones de Internet. El surgimiento de Substack, por ejemplo, se parece en más de un aspecto a la época dorada de los blogs —entre 2005 y 2010—: de pronto, todo el mundo tiene uno. Y, de la misma manera, parecen haber regresado los debates sobre religión y sobre la inexistencia de dios que se libraban entonces.
Scott Alexander anunció en un post que pensaba mantenerse al margen de esta nueva ronda de argumentos entre ateos y aleluyos. Pero el motivo que dio para no participar terminó convirtiéndose, inevitablemente, en una entrada más dentro del debate. La manera en que formula el problema es una excelente muestra del marco desde el cual he llegado a entender las propuestas teológicas y del motivo por el que me resultan tan absurdas de entrada: al final, no son más que otra forma de pensamiento mágico. Alexander explica, por ejemplo, su parecido estructural con las teorías de la conspiración:
Yo
disfrutéparticipé en la versión [de los debates sobre la inexistencia de dios] de principios de los 2000, pero la actual me deja indiferente. Ya no me interesan tanto los detalles del argumento del ajuste fino, el argumento de los milagros, etcétera. No es solo que ya cumplí mi pena en las minas de la teología. Intuitivamente, siento que mi falta de fe en Dios precede a todo esto.Consideremos, por analogía, una sociedad donde se debatiera regularmente si los extraterrestres ayudaron al ascenso de Napoleón. Hay muchas razones para creer en tal ayuda: el ascenso de Napoleón, de un simple corso a emperador y aspirante a conquistador del mundo, fue una extraña desviación del curso habitual de la historia. Ganó batallas en inferioridad numérica de cuatro a uno, cuando todos saben que la victoria suele ser para el ejército más numeroso. Se convirtió en monarca de Francia inmediatamente después de que esta declarara su eterna enemistad contra la monarquía y resolviera asesinar a cualquiera que no la odiara lo suficiente. Y los argumentos en contra de tal intervención son comparativamente débiles. Es cierto que nadie vio extraterrestres, pero una civilización suficientemente avanzada podría haber intervenido en secreto. Es cierto que nuestra probabilidad de intervención extraterrestre es generalmente baja, pero quizás esto no esté justificado: desconocemos en cuántos eventos históricos han intervenido los extraterrestres; Alejandro Magno también fue bastante peculiar. Es cierto que Napoleón finalmente perdió, pero esto no es decisivo; tal vez los extraterrestres solo querían que brillara con fuerza durante unos años antes de su derrota final, o tal vez extraterrestres más poderosos apoyaban al Duque de Wellington.
En un mundo donde esta hipótesis llegara a ser objeto de un debate serio, sería difícil de refutar. Nuestra comunidad histórica está protegida de ella no porque pueda sumar con precisión la evidencia bayesiana a favor y en contra de cada una de estas consideraciones y concluir que es falsa, sino porque el sentido común impide siquiera considerarla. Esto no quiere decir que la razón no funcione; si alguien pudiera sumar con precisión la evidencia bayesiana a favor y en contra de estas consideraciones, obtendría la respuesta correcta. Sin embargo, históricamente, este tipo de razonamiento delicado no fue el método que nuestra sociedad utilizó para resolver esta cuestión.
Mi ateísmo se fundamenta más en lo que nos impidió considerar esta pregunta en primer lugar que en el tipo de razonamiento delicado que podría habernos sacado de ella. Admito que esto es peligroso. Corre el riesgo de degenerar en insultos: “¡Tu religión es tan estúpida como creer que los extraterrestres causaron a Napoleón!”. Incluso si se evita ese fracaso, en el mejor de los casos se trataría de la heurística del absurdo, una peligrosa falacia en la que alguien concluye que puede descartar un asunto sin una consideración cuidadosa porque le parece absurdo. Esto habría descartado las armas nucleares en 1900, los vuelos más pesados que el aire en 1850 y el ateísmo durante la mayor parte de la historia (sin duda es absurdo que la vida compleja pudiera existir por mera casualidad). También es inútil: la religión obviamente no les parece absurda a las personas religiosas, así que no puede convencerlas. Por lo tanto, en lugar de detenernos aquí, deberíamos profundizar: ¿por qué excluimos el escenario de Napoleón y qué podemos aprender de él?
El escenario de que “los extraterrestres causaron a Napoleón” falla por sobreajuste. Cualquier cosa puede explicarse con la idea de que “había una poderosa entidad oculta intentando que sucediera ese evento específico”. ¿Por qué la ubicación de la Gran Pirámide codifica la velocidad de la luz con una precisión de hasta siete decimales? Había una poderosa entidad oculta involucrada, y su objetivo era ese resultado específico. ¿Cómo logró Donald Trump remontar y ganar las elecciones de 2016? Bueno, había una poderosa entidad oculta que quería que Donald Trump ganara, y por eso se las arregló para que sucediera. Estas pseudoexplicaciones no solo son tan buenas como las explicaciones reales, sino que son claramente mejores. Trump se subió a una ola de populismo de derecha, pero ¿por qué no se reflejó eso en las encuestas anteriores? ¿Cómo ganó Napoleón todas esas batallas? La explicación de la “poderosa entidad oculta que intenta que suceda algo específico” supera fácilmente objeciones como estas. Cualquier persona que quiera ir más allá y llegar a un modelo más útil tendrá que aplicar una penalización de antemano a la historia de la “poderosa entidad oculta”.
Solemos aplicar esta penalización bajo el término “teorías de la conspiración”. Dado que ningún ser humano individual es lo suficientemente poderoso como para orquestar unilateralmente el curso de la historia, debe tratarse de una camarilla de élites; y como no hemos visto tal camarilla, esta debe estar ocultando su propia existencia. Desmentimos estas teorías observando que las grandes conspiraciones son difíciles; un complot mundial tendría que mantenerse en secreto durante décadas o siglos, incluso aunque el gobierno real a veces invite accidentalmente a periodistas hostiles a sus chats grupales en Signal. Para evitar estos contraargumentos, los teóricos de la conspiración más acérrimos añaden más epílogos: ¡la conspiración posee tecnología de borrado de memoria que puede usar para encubrir filtraciones! Pero esto solo complica el problema; ahora la conspiración necesita inventar y ocultar tecnología décadas antes que el resto del mundo. Finalmente, la presión sobre nuestra credulidad se vuelve excesiva y el edificio se derrumba.
La afirmación de que “los extraterrestres causaron a Napoleón” demuestra que las explicaciones sobre “poderosas entidades ocultas” constituyen una categoría más amplia y peligrosa que las teorías de la conspiración. Los extraterrestres son inmunes a la heurística habitual de “la gente no podría conspirar tan bien”: tal vez solo existió un extraterrestre, o todos son leales a su especie, o no tienen chats grupales en Signal. Son inmunes al argumento de que no podrían tener supertecnología inverosímil; ¡claro que los extraterrestres podrían tener supertecnología inverosímil! Estas “victorias” no mejoran la situación de los extraterrestres frente a las conspiraciones habituales. De hecho, la empeoran, demostrando lo perfectamente optimizada que está para eliminar todas las salvaguardas habituales.
La versión más estricta de la penalización por sobreajuste debería aplicarse a teorías con esta estructura:
¿Por qué ocurrió este fenómeno anómalo? Porque había una entidad poderosa intentando provocar precisamente ese suceso. No, no puedes verla; ocultó cualquier prueba de su propia existencia. Sí, el resultado no encaja con los objetivos plausibles de ninguna entidad racional, pero puedo más o menos inventar una historia de por qué se asemejan —aunque sea vagamente— a tales objetivos. No, no puedes atribuirle limitaciones humanas; se trata de una forma de inteligencia exótica de la que no tenemos ninguna otra evidencia.
Sin duda, esto podría explicarlo todo. No hace falta que me creas a mí; basta con mirar a cualquier cultura a lo largo de la historia: siempre que se encontraban con algo que sus conocimientos primitivos no lograban explicar, imaginaban una entidad poderosa, constituida sobre un sustrato exótico, que había provocado dicho resultado. ¿Por qué hay truenos y relámpagos? Porque el Dios de la Tormenta es muy poderoso y... bueno, intenta acabar con unos enemigos que aparecen con sospechosa regularidad cada calurosa tarde de verano. ¿Por qué brilla el Sol? Porque el Dios del Sol es muy poderoso y decidió hacerlo así para ahuyentar al Dragón de la Oscuridad (al que, por cierto, definitivamente no nos inventamos solo para este mito en concreto).
A medida que la ciencia avanzaba, las anomalías fueron escaseando. Cuando comprendes algunas leyes pero no otras, aquello que escapa a tu entendimiento parece violar las leyes naturales. Si no entiendes la electricidad, los relámpagos —esas descargas súbitas y luminosas que surgen de nubes aparentemente inertes— parecen desafiar las leyes de la naturaleza. Si no entiendes la fusión nuclear, el Sol —una enorme hoguera resplandeciente en el vacío, sin combustible ni oxígeno— parece violar dichas leyes. Conforme la gente fue descubriendo nuevas leyes, fue descartando —una tras otra— las explicaciones basadas en “entidades poderosas y ocultas que actúan sobre un sustrato exótico con la intención de provocar un suceso concreto”.
Hoy en día, aún quedan algunas anomalías pendientes. El hecho mismo de que el universo exista. La naturaleza de la conciencia. El ajuste fino (¿o ese ya se ha resuelto también?). Cuestiones antrópicas, probablemente; nunca logro llevar la cuenta. Diversos supuestos milagros. Así que, cuando alguien ve esto y dice: “¡Apuesto a que sé la respuesta! ¡Es una entidad poderosa que quería que ocurrieran esas cosas concretas! No, no se la puede ver; ocultó cualquier prueba de su propia existencia. Sí, el resultado no encaja del todo con los objetivos plausibles de ninguna entidad racional, pero más o menos puedo inventarme una historia de por qué se parecen vagamente a esos objetivos. No, no se le pueden aplicar limitaciones humanas; es una forma de inteligencia exótica de la que no tenemos ninguna otra prueba”, entonces, antes siquiera de empezar a escuchar tus argumentos, ya estoy poniendo los ojos en blanco con tanta fuerza que me provoco una crisis oculógira.
Esta es una magnífica exposición de cómo la hipótesis de dios, en el fondo, comparte la anatomía de una teoría de la conspiración. Una explicación que puede acomodar por igual una victoria y una derrota, una curación y una muerte, una señal y su ausencia, no demuestra su fuerza por esa flexibilidad; sólo demuestra que ha dejado de arriesgarse a estar equivocada.
Como dije, he llegado a ver la religión como una especie de suma de todos los males para los escépticos: un ámbito en el que se combinan todas o casi todas las formas de razonamiento defectuoso que solemos criticar. Es como si la religión fuera un fenómeno superpropagador de pensamiento mágico: falacias a cascoporro, toneladas de inversión de la carga de la prueba, razonamiento circular a diestra y siniestra y cantidades industriales de apelaciones a la autoridad. Creo que, para cada uno de estos vicios, podría hacerse un desarrollo semejante al que Alexander hizo con la hipótesis de dios entendida como una explicación de tipo conspirativo.
Por eso me resulta desconcertante que haya escépticos que prefieran concederle a la religión un tratamiento especial y no ‘meterse’ con ella. Es un poco como si el Hombre Araña venciera una y otra vez al Duende Verde, pero se aculillara al momento de enfrentarse a Thanos.
En fin: la sensatez que Alexander trae de vuelta al debate más viejo y superado del mundo resulta refrescante.



