Pregunta original: Hola David, no sé si tu habías escuchado del tal Jonathan Haidt o de este supuesto estudio. [Enlace al tweet.] ¿Qué tan cierta será conclusión a la que llega este personaje? ¿O será cherry picking o una conclusión pre-establecida?
Respuesta: Necesitar atención psicológica no invalida una denuncia social. Y en mi humilde opinión, antes de concluir que quienes sufren tienen una ideología defectuosa, convendría examinar si viven bajo condiciones de mierda. Recibir atención en salud mental no exonera a una sociedad de las condiciones que impone.
Ahora, vamos por partes.
Primero, el dato procede de una encuesta a más de 11,500 participantes en EEUU hecha por el Pew Research Center en 2020 que incluía preguntas sobre identificación ideológica y sobre si alguna vez un profesional de la salud les había dicho que tenían una afección de salud mental.
La autoidentificación ideológica no establece las posiciones concretas de cada participante; declarar un antecedente comunicado por un profesional de la salud no equivale a una evaluación clínica independiente; y “alguna vez” puede referirse a años anteriores, incluso a una época en que la persona tuviera identificación política diferente.
La pregunta no es específica sobre depresión ni constituye una evaluación clínica del estado mental al momento de responder, ni permite trasladar el resultado de un subgrupo a “la izquierda” (mucho menos convertir “liberales” en “personas de izquierda”).
En febrero de 2023, los CDC publicaron un informe —basado en datos de 2021—, que alertaba sobre elevados niveles de tristeza o desesperanza persistentes y riesgo suicida entre estudiantes de bachillerato, especialmente entre las chicas.
Segundo, entra en escena Jon Haidt.
Sí, estoy al tanto de él. Haidt es un tipo que tomó dinero de la Fundación Templeton, promueve la estupidez del “agujero con forma de dios”, se caga en los derechos de los ateos, y dice que a pesar de él mismo ser ateo “cree en la creencia”… que es creer en el delirio, y no el propio sino el ajeno.
Hace unos años, Haidt escribió el libro “The Coddling of the American Mind” junto con el director de FIRE, Greg Lukianoff, en el que argumentan que buena parte de las actitudes woke, de pretender nunca tener que encontrarse con puntos de vista diferentes, viene de la bienintencionada aunque mal ejecutada cultura de seguridad en todo momento, lo cuál es un estándar imposible. Hasta aquí, estoy de acuerdo con su planteamiento.
Desde entonces, Haidt ha montado una cruzada en contra de permitir que los niños tengan cuentas en redes sociales y acceso a los teléfonos móviles, y está a tres doritos de culparlos de todo, desde el cáncer infantil hasta el fenómeno de El Niño.
Volviendo al tema, Haidt toma un análisis secundario hecho por Zach Goldberg que encontró diferencias según identificación ideológica y de ahí entra en la conversación que ya venía ocurriendo gracias al reporte de los CDC.
Distintos comentaristas habían desenterrado un estudio sobre la interacción entre sexo y postura política de 2022, The politics of depression: Diverging trends in internalizing symptoms among US adolescents by political beliefs, y cuestionaron una interpretación propuesta por los autores: que determinadas circunstancias políticas pudieran afectar más al bienestar de los adolescentes liberales, sugiriendo en cambio que las altas tasas de depresión —marcadas más especialmente en las jóvenes liberales— son producto de que enseñarle a los jóvenes que todo lo que no les gusta necesariamente les hace daño o es violencia los lleva a sentir que no tienen agencia sobre sus propias vidas y sienten que la vida les ocurre, en vez de tener control sobre ella.
De ahí, Haidt propone el locus de control externo. ¿Y sabes qué? No me parece una sugerencia descabellada. Con Lukianoff habían desarrollado la idea de que lo que vendríamos a llamar el fenómeno woke incluía una especie de socialización que era la absoluta inversión de la terapia cognitivo-conductual, así que es plausible que invertir una de las herramientas terapéuticas para tratar la depresión conlleve a incrementar las tasas de depresión.
Fomentar la expectativa de no encontrarse nunca con opiniones o situaciones incómodas podría contribuir a una menor sensación de agencia y, a través de ella, al malestar. Hasta ahí, una hipótesis que a mí me parece plausible.
Tercero, entra en escena el tuitero.
Este personaje reduce toda esa discusión a la encuesta del Pew y la presenta como si demostrara que las personas de izquierda nos deprimimos porque no creemos en el mérito. Hay que felicitarlo por esa impresionante maniobra de gimnasia mental. Tan fresco va ofreciendo un mecanismo causal para la presunta depresión de todo un lado del espectro político, basado en una hipótesis sobre un análisis secundario de una encuesta con autoidentificación que para empezar ni siquiera medía tasas de depresión.
¿Cómo distingue este buen hombre una diferencia real en la frecuencia de afecciones de una diferencia en su detección, tratamiento o declaración? Y si la diferencia fuera real, ¿cómo establece cuál es la causa? ¿Cómo sabe que la relación no es inversa: que determinadas experiencias de malestar influyen en posturas políticas? No puede saberse a partir de las respuestas de la encuesta. Y correlación no es causalidad.
Hay un detalle que el tuitero debe conocer: el mismo Haidt buscó si el locus de control externo diferenciaba especialmente a las chicas liberales y reconoció que, al analizar la escala completa, el resultado principal afectaba a toda la generación Z, a ambos sexos y a ambos lados del espectro político.
Así que aunque esto no va de ubicación en el espectro político (y el autor citado lo concluyó literalmente), voy a detenerme un momento en la ubicación en el espectro político porque es un eje central del tweet.
La encuesta de 2020 ofrecía una escala de cinco puntos entre conservador y liberal; y lo que Haidt propone del locus de control externo es en respuesta al paper de 2022, sobre cómo los jóvenes con tendencias liberales tendían a tener tasas de depresión más altas, especialmente las mujeres. Algo que luego el tuitero, por arte de birlibirloque, aplica a la encuesta de 2020 y además extiende a la totalidad de la izquierda, lo que es una movida de postes legendaria.
No, mira, los liberales son de derechas, sólo que la jerarquía que les importa preservar es la de los multimillonarios y no, o no necesariamente, la de los hombres, blancos, cristianos, o heterosexuales. Y es bastante común escucharle a los liberales cómo no le deben nada a nadie, y que su éxito lo consiguieron ellos solitos, sin la ayuda de nadie. Ni locus de control externo ni pollas en vinagre.
Además, cuando Haidt ofreció la explicación del locus de control, lo hizo en el contexto del apogeo woke, tratando aquí “liberal” como el joven que depende “del lenguaje del daño y de las acusaciones de que aquello que a uno le resulta ofensivo es «profundamente problemático» o incluso violento” (tal como cita Haidt a la periodista Jill Filipovic). Pero la autoidentificación como “liberal” no establece que cada participante sostuviera esas ideas, y mucho menos que rechazara la meritocracia.
Así que acusar a toda la izquierda con lo del locus de control externo es un disparate, pero pues esta gente tiene la fantasía de la meritocracia, como si lo único que separara a las personas de llevar una vida exitosa fuera proponérselo y echarle ganas. Pero hay estados de cosas que son resultado directo de las políticas públicas: qué porcentaje de la población se encuentra en la pobreza, cuál es el grado de movilidad social, cuánto poder tienen los empleadores sobre los empleados, la calidad del agua potable y el aire, etc; y ninguna cantidad de hábitos altamente efectivos y arreglar nuestra habitación va a repercutir en esas cifras.
Para rematar, reconocer que hay fuerzas estructurales que son mayoritariamente responsables de la desigualdad económica, social y política no significa que uno se resigne a que no puede cambiar las cosas. Creo que los fachos están tan enamorados de su creencia en la meritocracia que, biológicamente —a nivel de cómputo—, sus pobres cerebritos no alcanzan a imaginar que uno se asocie con alguien más, y trabaje colaborativamente para alterar esas estructuras. No obstante, la historia de todas las conquistas sociales, desde la abolición de la esclavitud hasta el sufragio universal, pasando por la jornada de ocho horas (en vez de 12 ó 16), es la historia de personas que reconocieron el poder opresivo de ciertas estructuras socioeconómicas y decidieron aliarse para, colectivamente, contrarrestar y cambiar ese estado de cosas.
No es fácil, pero es lo que funciona. Y es lo que hacemos en la izquierda: no conformarnos con que algunos logren esquivar el problema, sino buscar cambiar las condiciones que lo producen en primera instancia, porque así se mejoran las condiciones materiales de las personas. Creer que nos resignamos a la injusticia es de una ignorancia abismal.
En todo caso, incluso si no hubiera esta disputa terminológica, el señor sigue con el problema de que su conclusión no se sigue de la evidencia.
Incluso concediendo que ciertas prácticas fomenten impotencia percibida y contribuyan al malestar psicológico, de la evidencia no se sigue que reconocer causas estructurales produzca ese efecto. Tampoco se sigue que rechazar la meritocracia sea negar la eficacia del esfuerzo. Una cosa es creer que nuestras acciones pueden influir en los resultados y otra creer que todos los resultados dependen de nuestras acciones o reflejan cuánto merecemos.
El otro problema del tuitero, es que su premisa tampoco está demostrada. Al incluir en la pregunta la frase “las personas de izquierda tienden a tener peor salud mental que las de derecha”, el señor ya da por establecida una generalización que las fuentes citadas no permiten formular en esos términos: que las personas de izquierda, en general, tenemos peor salud mental que las de derecha. Si el tipo no cita una fuente que mida tasas de depresión, ubicación objetiva en el espectro político (en vez de auto-identificación), que también incluya personas de izquierda (que no se quede en “liberales”) y le haga seguimiento durante años, y dicha fuente encuentre que “las personas de izquierda tienden a tener peor salud mental que las de derecha”, él simplemente está faltando a la verdad. Que no es que esto sea una sorpresa; al fin y al cabo eso es lo que hacen los mercaderes del miedo.
E, igual, si toda la literatura psicológica y psiquiátrica del mundo concluyera contundentemente que “las personas de izquierda tienden a tener peor salud mental que las de derecha”, eso no nos diría nada sobre su lado del espectro político. La explicación sugerida en el estudio de 2022 no me parecería implausible para un escenario así: que la sociedad sea tan absurdamente injusta que las personas que notan dicha injusticia tuvieran peores tasas de salud mental.
Cuarto: Y llegamos entonces a la terapia cognitivo-conductual.
Lukianoff interpretó ciertos patrones de conducta que observaba en los campus universitarios como lo contrario de lo que había aprendido en la TCC, cosas como reconocer las distorsiones cognitivas y cuestionarlas. Y de hecho, la conclusión del propio Haidt, al final de su artículo, es que las mayores tasas de ansiedad y depresión entre las jóvenes liberales se debían en no poca parte al hábito de abrazar las distorsiones cognitivas.
En conclusión: toda la Generación Z se volvió más ansiosa y deprimida después de 2012. Pero la hipótesis de la «TCC inversa» de Lukianoff es la mejor explicación que he encontrado de por qué la salud mental de las chicas de tendencia liberal se deterioró antes y más rápidamente.
La TCC es muy buena para ayudar a que los individuos contrarresten la depresión y otras afecciones de salud mental, especialmente para que uno no se crea las distorsiones cognitivas. Pero que la terapia ayude a afrontar una situación injusta no hace que dicha situación mágicamente empiece a ser justa, imaginaria o responsabilidad de quien la padece. La terapia no sustituye una política pública de vivienda, los derechos laborales o legislación que combata la discriminación. Y que alguien aprenda a vivir mejor bajo condiciones injustas no significa que no haya que cambiar dichas condiciones.
Porque querer un mundo más justo no es un síntoma clínico. Y que alguien necesite tratamiento no demuestra que la injusticia que denuncia sea imaginaria.

Esta es una publicación del Buzón, la sección en la que respondo las preguntas que dejan los lectores en los comentarios.
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