El fantasma de Mockus
Antanas Mockus era un político normal, con la habilidad añadida de ser excéntrico.
Una de las conversaciones de política y actualidad nacional que me trajo esta temporada electoral fue sobre Antanas Mockus, quien se ha convertido en un referente moral invocado con cierta frecuencia, especialmente cuando hay políticos o candidatos particularmente impresentables — que es casi todo el tiempo. Este es un buen momento para analizar más detenidamente la figura de Mockus y poner bajo la lupa esa aura de santidad secular que le ha sido conferida.
Mi hipótesis es que Mockus fue un genio de las relaciones públicas y el mercadeo: se vendió como un ‘antipolítico’ y así se dedicó a la política casi por 30 años. Tiene una facilidad pasmosa para convertirse en el centro de atención y hacer lo que cualquier político hace, mientras el público permanece embelesado con sus payasadas. Creo que, aunque severo, este es un resumen justo de su carrera política.
Payasadas
El primer punto son las excentricidades, que genuinamente desmarcan a Mockus de los demás políticos.
Mockus se lanzó al estrellato de la política colombiana después de haber sido Rector de la Universidad Nacional, donde ya hacía cosas excéntricas que cada vez le redituaban más cubrimiento mediático. Fue acusado, por ejemplo, de mostrar los genitales a un grupo de estudiantes; también dijo que los manizaleños eran descendientes de los grecorromanos, mientras que los pereiranos eran esquizofrénicos. Usar la salud mental como arma arrojadiza es algo que haría una persona normal en los Noventa, no un pulcro antipolítico iluminado.
La payasada que lo llevó a la política fue cuando se bajó los pantalones y mostró el trasero a más de 1000 estudiantes. Años después, sigo sin entender la relación entre hacer eso y que alguien esté calificado para ejercer un cargo público.
El resto de su carrera seguiría marcada por actos excéntricos: siendo Alcalde, se casó en un circo, montado sobre un elefante; en una campaña presidencial le lanzó un vaso de agua a su contrincante Horacio Serpa para callarlo — supuestamente como demostración de sus métodos pedagógicos (!). También lo vimos, literalmente, disfrazado de superhéroe, Súper Cívico. Una vez en el Congreso, cuando se estrenaba como Senador, Mockus repetiría la ‘hazaña’ de callar el recinto bajándose los pantalones y mostrándole el trasero a todo el mundo.
Política
El segundo punto son las políticas de Mockus. A pesar de que su imagen a veces es invocada con un tono de sacralidad, lo cierto es que la postura política y las políticas públicas adelantadas por Mockus son bastante prosaicas.
Desde que se estrenó en la Alcaldía de Bogotá, Mockus empezó con la idea de enseñar cultura ciudadana y hacer pedagogía, lo que me sugiere que debió quedarse en la academia, porque los cargos públicos están para servir a la ciudadanía, y no para moldear deontológicamente a los ciudadanos como si fuéramos súbditos. Yo soy de los que cree que la cultura ciudadana se construye mediante una conversación entre los diferentes sectores sociales y no puede imponerse exitosamente desde arriba.
Famosas son las políticas públicas de Mockus en este aspecto, como reemplazar a los policías de tránsito por mimos, o promover la vigilancia entre conciudadanos para sacarle tarjeta roja a quienes infringieran las reglas. Hay un tufo a intento de control social que me parece peligroso cuando se manifiesta desde un cargo de elección popular. Mientras la gente se distraía con los mimos que se burlaban del peatón que camina por la calle, Mockus aplicaba el manual neoliberal con la clásica austeridad fiscal: intentó de vender la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá y vendió la mitad de la Empresa de Energía de Bogotá a capitales privados internacionales.
No en vano, Mockus es un favorito de cierto sector de la clase acomodada colombiana porque, en el fondo, sus payasadas y método pedagógico ofrecen supuestas soluciones que no sólo son excentricidades sino que tienen la ventaja añadida de que no amenazan el capital. En Colombia no hay nada más emocionante para la derecha no cavernaria que venga alguien y proponga las mismas soluciones neoliberales y autoritarias de siempre, sólo que en un nuevo empaque, brillante y con moño reluciente. Y mojan cuco si, además, ese salvapatrias se autodenomina árbitro del juego limpio.
Sus excentricidades políticas descansan en la premisa de que los problemas estructurales se pueden resolver con cambios de actitud, con los proverbiales granitos de arena individuales que no resuelven nada, o con gestos simbólicos. Es pensamiento mágico aplicado a la política — la idea de que las palabras o los gestos simbólicos pueden alterar el curso de los eventos materiales. Y cuando los gestos resultan ser inadecuados para que los problemas estructurales desaparezcan por arte de birlibirloque, entonces le toca a la ciudadanía poner de su parte. Literalmente: su administración le pidió a los bogotanos que pagáramos un 10% adicional de impuestos.
Esto también explicaría por qué Mockus adoptó el modelo de seguridad de las ventanas rotas, un modelo pseudocientífico que no reduce la criminalidad y que termina recrudeciendo el poder de la policía frente a los ciudadanos más indefensos. La idea básica es que la seguridad aumenta con simplemente tener una ciudad más limpia y arreglada, y que una ciudad que se vea más fea (ventanas rotas) invitará a la criminalidad. El modelo, entonces, desperdicia los recursos de la policía incrementando la represión contra ciudadanos sin techo o víctimas de la drogadicción, en vez de perseguir mafias criminales o resolver asesinatos. Para los desahuciados no hay mimos.
Y es que eso de mutilar libertades le gustaba al buen profesor. Entre sus muchas payasadas en la Alcaldía tuvimos cosas como la Noche sin Hombres, que es precisamente a lo que suena: una noche en la que la administración distrital impuso un toque de queda a la mitad de la población, segregándolos según sus rasgos biológicos.
Y su política más popular (!!) fue la llamada “hora zanahoria”, según la cual los establecimientos de vida nocturna —bares, discotecas, restaurantes— sólo podían operar hasta la 01:00 a.m. (a veces hasta las 03:00). La idea era que la gente se fuera a sus casas temprano, para no terminar envuelta en peleas, atracos u otras formas de delincuencia. Victim blaming clásico: si los delincuentes te roban a mano armada, ¿quién te manda estar por fuera de tu casa a esa hora? Se renunció a la obligación de defender a la ciudadanía. ¿Dónde estaba Súper Cívico, para protegernos de los delincuentes; o, más en su estilo, avergonzarlos a punta de tarjetas rojas para que abandonaran la criminalidad y se incorporaran al mercado laboral?
Similar ocurrió con la restricción vehicular. Entre sus dos pasos por la Alcaldía, el cargo fue ocupado por Enrique Peñalosa Londoño — un tipo que por motivos, dijéramos, políticos, necesitaba incrementar el uso del transporte público.1 Fue aquí que nació el Pico y Placa, una medida absurda que obliga a dejar el carro en casa cada día de por medio. Al regresar a la Alcaldía, Mockus amplió la restricción. La medida causó un incremento del número de motocicletas —exentas de la restricción, y que han aumentado tanto que se volvieron su propio problema de movilidad— y que las familias pudientes se compren un segundo carro.
A pesar de que nunca mostró un interés desmedido por el medio ambiente, Mockus terminó co-creando el primer Partido Verde de Colombia, que tuvo el dudoso honor de ser el primer partido verde del mundo de derechas, neoliberal, y que se preocupa por el medio ambiente en la misma medida en la que Sean Paul habla español nativo fluido. En sus tiempos de Rector, Mockus iba a la oficina en bicicleta; no sé por qué lo hacía, pero si fue por motivos medioambientales, eso sería un clásico del ambientalismo liberal, incapaz de comprender la magnitud del problema: “Yo puedo contrarrestar los miles de millones de toneladas cúbicas de gases efecto invernadero que se liberan cada día con mi granito de arena de movilizarme en bicicleta”. Como el gesto individual no funcionó, al llegar a la Alcaldía le trasladó el problema a la ciudadanía, imponiéndole una sobretasa a la gasolina y ampliando la restricción vehicular.
Como vemos, las políticas de Mockus fueron cosas poco innovadoras, y algunas desastrosas: venta de empresas públicas, represión policial, recorte de libertades, descarga de la responsabilidad distrital en la ciudadanía. Lo único que cambió fue el empaque, que es llamativo, excéntrico, y hasta bufonesco. Cambió la forma, no el contenido.
Disfraz
Por último, tenemos que hablar de su disfraz. Durante su trayectoria política, Mockus se puso muchos disfraces, algunos literalmente, como en el caso de Súper Cívico, y otros metafóricos. En una columna de 2011, hace 15 años, Antonio Caballero escribía precisamente que Mockus se disfrazó de antipolítico, de visionario y de candidato verde, todo con tal de recoger votos y, luego, fundamentalmente, hacer lo mismo que todos los demás políticos.
Es una caracterización adecuada.
El último disfraz de Mockus fue el de paladín moral, veedor de la ética y caballero de la cultura ciudadana. Esto entona bien con su tendencia excéntrica y ese disfraz previo de antipolítico. La idea primordial es que Mockus podía habitar un espacio adyacente a la política colombiana sin untarse de su podredumbre característica. Todo un superhéroe, inmune al poder corruptor de la política. ¡Por fin alguien decente! Esa es la esencia de su imagen.
El registro histórico muestra una diferencia entre esa imagen y las acciones del propio Mockus. El mejor indicador fue la decisión de Mockus de renunciar a la Alcaldía para aspirar a la Presidencia, una demostración del poco respeto que tenía por sus votantes; algo que, en su infinita sabiduría, los bogotanos le premiaron pues lo volvieron a elegir la siguiente vez… sólo para que Mockus volviera a dejar el puesto tirado y se fuera a perseguir la Presidencia otra vez. Para ser alguien que más adelante adoptaría el eslogan “Los recursos públicos son sagrados”, a Mockus ciertamente no pareció importarle demasiado todo lo que le cuesta a la ciudad organizar elecciones extemporáneas. Por no mencionar lo que hizo con las empresas de energía y telecomunicaciones, ofreciéndolas al mejor postor.
Las invocaciones religiosas y sacras fueron elementos que se repitieron constantemente en su manera de hacer política, en sus campañas, en sus lemas. Algo muy propio de un político tradicional. También es algo que los activistas laicos del país reconocemos como la marca del político genérico: un atajo fácil, perezoso y mesiánico de hacer política. No hay nada más alejado de un demócrata que aquellos que se arropan con la superstición organizada para conseguir votos.
Tras su segunda Alcaldía, Mockus decidió tomarse un año sabático, y después de visitar algunas universidades en el extranjero, volvió al país para recorrerlo y empezar su segunda campaña presidencial. Durante la gira recurrió al simbolismo religioso, rodeándose de 12 supuestos intelectuales que se disfrazaban de apóstoles, quienes serían sus candidatos al Senado.
Por eso puedo afirmar con plena confianza que, al igual que a los políticos colombianos promedio, a Mockus nunca le importó el hecho de que Colombia es un Estado laico. Eso explica en buena parte que años más tarde lanzara su eslogan “La vida es sagrada”, con el que abdicó la responsabilidad de promover el respeto por la vida desde la razón, jugando a poner las creencias personales por encima de la Constitución y facilitando la estigmatización de ateos y minorías religiosas. Claro que sólo era eso, un eslogan. Por eso, cuando el escuadrón anti-disturbios asesinó a Dilan Cruz, Mockus salió a decir que no creía que fuera un asesinato a pesar del dictamen de Medicina Legal que determinó que sí lo había sido. Qué difícil es no llevarse la impresión de que unas vidas le parecen más sagradas que otras.
En 2010, cuando Juan Manuel Santos y Mockus competían por la Presidencia, el ex-Ministro de Defensa dijo que la única diferencia suya con Mockus era que él era católico mientras que el lituano era ateo. Mockus se defendió diciendo que él es católico, fue acólito y casi se convierte en sacerdote. De nuevo, una respuesta estándar de alguien que hace política estándar.
La respuesta correcta habría sido responder que Colombia es un Estado laico y las creencias personales de ningún funcionario deberían importar, porque la política pública es de carácter general, y se gobierna para todos. Yo no espero que el político colombiano promedio tenga esto claro. Lo que sí es razonable esperar es que el “antipolítico” por excelencia, el tipo virtuoso que no se deja corromper por el clientelismo, sepa evitar la tentación de sacrificar la dignidad de las minorías religiosas y no-religiosa en nombre de conservar algunos votos.
Algunos años antes de que Mockus encontrara la conveniente santidad de los recursos públicos y la inconsistente santidad de la vida, había empezado un movimiento llamado Voto Limpio, que era un llamado a votar de manera consciente y adoptar como principio un rechazo frontal a la compraventa de votos. Famoso es el debate a la Alcaldía de Bogotá en 2007, en el que Mockus fue panelista invitado para hacer preguntas a los candidatos. El debate es famoso porque Mockus le preguntó a Samuel Moreno si compraría 50 votos para prevenir la compra de 50 mil, y el candidato respondió “Sí, no lo dudo”, lo cual le hizo mucho daño a su campaña. Días después, el propio Mockus tuvo que pensárselo por varios segundos antes de responder si vendería su voto para que nunca nadie más comprara votos. Su respuesta fue que consideraría hacerlo después de analizar las garantías y los costos. Pues vaya con su voto limpio.
La pregunta capciosa de Mockus sumada a la ineptitud política de Moreno tuvieron un claro ganador del debate: el otro candidato, Enrique Peñalosa, quien —mira qué coincidencia— terminó el debate sin que le hicieran preguntas éticas de un calibre ni remotamente similar… y no es que no hubiera materia prima para ello.2
Si no fueron amigos en el más estricto sentido, Mockus y Peñalosa han compartido buena parte de sus trayectorias políticas. Al ser elegido Alcalde por primera vez, Mockus venció a Peñalosa. Luego este lo sucedió, para ser sucedido por el lituano. Juntos fundaron el Partido ‘Verde’, y posiblemente terminaron en malos términos después de las elecciones a la Alcaldía de 2011. Fueron 15 años de trayectorias similares, posturas políticas similares, y agendas similares. ¿Debemos suponer que Mockus no sabía que su pregunta a Moreno necesariamente ayudaba a su amigo? ¿Que el director de Voto Limpio no tenía la menor idea de cómo funciona un debate televisado en el país? Si alguien se cree eso, le vendo la Torre Eiffel a un precio muy razonable.
No sólo eso, sino que Mockus sabía la clase de político que es Peñalosa porque entre sus dos alcaldías, Peñalosa había impuesto por decreto una normativa que habría prohibido el uso del carro particular en la ciudad a partir de 2015. El problema es que la medida no había alcanzado los votos suficientes en la consulta popular. Cuando Mockus regresó a la Alcaldía derogó el decreto, explicando que Peñalosa lo impuso sin que cumpliera los requisitos de ley.
Así sabemos que Mockus estaba al tanto del talante autoritario y antidemocrático de Peñalosa, quien para ese entonces ya se estaba convirtiendo en su mejor amigo. ¿Es esto lo que hace un político intachable, amarrar su destino al de un tipo que, aunque popular, va imponiendo medidas que no cumplen los requisitos de ley? Perdónenme, pero yo no me lo creo.
¿Qué quiere decir todo esto?
Que Antanas Mockus era un político inusual en el sentido de que tenía esta habilidad para ser excéntrico, robar cámara, y cautivar a la audiencia mientras adelantaba su propia agenda. En eso, hay que decirlo, Mockus era excepcionalmente bueno.
Esto también quiere decir que Mockus no era un político inusual en dos frentes: no era ese parangón ético como el que se vendió y cuya ausencia hoy genera cierta nostalgia centrista. Y tampoco tenía propuestas políticas que fueran chocantemente novedosas, radicales, o revolucionarias. En ese aspecto, Mockus era un político con una agenda normal, ideas mediocres, propuestas de política pública promedio, y una ejecución típica. No era mejor ni peor que la media. La única diferencia con los demás políticos es que él vendía sus ideas disfrazado de Caballero Defensor de la Ética.
Pero Colombia no vive en un Halloween constante, así que no me parece descabellado solicitar que dejemos de invocar el disfraz de Mockus cada vez que el establecimiento político colombiano nos pone al frente a un patán como candidato.
Durante la temporada electoral de 2010, mi escepticismo sobre lo que significaba la candidatura de Mockus solía despertar una ira inusitada entre mis compañeros universitarios que hacían parte de la Ola Verde. Habiendo sobrevivido el culto a la personalidad de Uribe y sus ocho tenebrosos años de Gobierno, no tenía demasiada intención de hacer la vista gorda a otro culto a la personalidad, y el hecho de que mis preguntas fueran respondidas con lo que parecía ser una invitación a resolver nuestras diferencias por los puños era un muy mal indicador. Sencillamente hay preguntas para las cuales no existe una buena respuesta por parte de Mockus.3 Mockus no puso el listón moral más arriba de donde lo marcan los demás políticos.
Por eso sugiero que dejemos de usar a Antanas Mockus como un referente moral en la conversación política, porque Mockus usaba eso como disfraz. Ese Mockus Súper Cívico es un fantasma, no sólo porque ya salió de la política colombiana, sino porque el Mockus paladín de la ética nunca existió. Y todo lo que digo es que haríamos bien en aceptar este hecho.
Ya, de manera más general, tenemos que dejar de esperar mesías, porque no existen salvadores de la patria. No lo fue Uribe, no lo fue Santos, ni Petro, ni lo va a ser de la Espriella. Y no lo habría sido Mockus. Los problemas estructurales del país son eso, estructurales, y se solucionan con políticas públicas que tomen esos asuntos en serio y los afronten. Para eso se necesitan buenas políticas de Estado, instituciones fuertes y servidores públicos que trabajen juntos por el bien común. Si resultan ser tipos excepcionalmente honestos, maravilloso, pero eso debe tomarse como un bonus, porque los políticos que tenemos son el reflejo de la sociedad que tenemos. Y lo cierto es que no tenemos la más honesta, honrada y pulcra de las sociedades.
Por eso, digámosle adiós de una buena vez al fantasma de Mockus, desterrémoslo como atajo moral al cuál recurrir cuando se nos presente un candidato cretino. Les aseguro que podemos hacer argumentos sobre la moral y la ética de alguien (o la ausencia de las mismas) sin que tener que invocar las de alguien más. Y el listón con Mockus no estaría demasiado más arriba, para completar.
Aquí, “transporte público” es un eufemismo, porque con el sistema de Transmilenio —luego Sistema Integrado— somos los ciudadanos quienes subsidiamos las empresas privadas que contrataron con la Alcaldía para imponer este modelo.
Basta el caso de los stickers del Pico y Placa, y el de los contratos con cementeras para los bolardos y las baldosas de relleno fluido.
Por ejemplo, ¿por qué se le dio cabida en el Partido a Gilma Jiménez, quien hizo campaña toda su vida cortejando la sed de sangre de la ciudadanía? Mockus prometió alguna vez decir si estaba a favor o en contra del populismo punitivo expresado por Jiménez, pero no cumplió y nunca supimos cuál era la postura ‘súper cívica’ en ese caso.


