Los colombianitos ‘de bien’ se desesperan cada vez que digo que no hay nada más vergonzoso que ser colombiano, que Colombia es una pocilga feudal, o que sigue siendo una Banana Republic: tierra fértil para la superstición y el chovinismo.
¿Pero yo qué hago si el país se empeña en seguir suministrando evidencia?
Esta semana supimos que el Departamento Nacional de Planeación está trabajando en su Plan Nacional de Desarrollo a partir del concepto de “milagro”:
La incorporación del concepto del milagro, entendido como un “acontecimiento sensible atribuido a Dios”, hizo parte de una discusión que se produjo el viernes 21 de agosto entre funcionarios del Departamento Nacional de Planeación -DNP-, en una reunión preliminar para las bases del proyecto del Plan Nacional de Desarrollo. CAMBIO reconstruyó lo que ocurrió en dicho encuentro a través de dos funcionarios que estuvieron presentes.
De la cita, que ocurrió en la llamada Sala Conpes del piso 15 del DNP, se filtró una foto que fue revelada por el Reporte Coronell de Noticias Uno y una diapositiva divulgada días después por La Silla Vacía. Las imágenes generaron alarma entre políticos, ciudadanos y defensores de los derechos humanos por varias frases que allí se consignan y que plantean cambios frente a asuntos sobre los que la Corte Constitucional ya se ha pronunciado
Estas criaturitas quieren revertir la despenalización del aborto y la adopción homoparental. Tienen claras sus prioridades, por lo menos. El cambio climático empeora, no hay cobertura estatal en todo el territorio nacional, la clase trabajadora apenas logra sobrevivir, hay incendios en medio país, estallan carros bomba. Y, mientras tanto, esta gente sigue empeñada en devolver al país al medioevo: en regresar a las mujeres a una posición de poco más que mobiliario doméstico y en sacrificar los derechos de los niños con tal de volver a discriminar a la población LGBTI.
Una de las pocas barreras que, de manera demostrable y sistemática, impiden que un país se devuelva a la Edad Media es el laicismo: mantener las instituciones del Estado libres de religión y, al menos en el papel, Colombia es un Estado laico. En la práctica, sin embargo, lo que tenemos en este gobierno es un manojo de teócratas con complejo de mesías.1
¿Cómo me van a decir que no es vergonzoso que, bien entrado el siglo 21, el Departamento Nacional de Planeación haga un Plan Nacional de Desarrollo basado en la idea de los milagros? El Plan de Desarrollo es, o debería ser, la brújula de un gobierno: el documento que ordena prioridades, define metas, asigna recursos y plantea cómo se va a intervenir la realidad material de millones de personas.
¿Y nos están diciendo que su guía, su compás, su faro, su estrella polar es una entidad mágica celeste que supuestamente interviene en los asuntos humanos “de manera sensible”? ¿Para qué se molestan siquiera en hacer un PND si igual van a reemplazarlo con un sermón? Yo entendería que cualquier otro gobierno lo desarrollara para orientar metas, prioridades, recursos y seguimiento; para establecer objetivos y lineamientos de política pública. Pero si el punto de partida es la intervención sobrenatural, ¿para qué hacer un PND en absoluto?
El problema es que una institución del Estado convierta una categoría teológica en el lenguaje rector de la planificación pública. Un ministro puede creer privadamente en milagros, pero un Departamento Nacional de Planeación tiene que creer en diagnósticos, presupuestos, indicadores, causalidad y políticas que puedan evaluarse cuando fracasan. Si por “milagro” entienden un acontecimiento atribuido a una intervención sobrenatural —como lo definieron ellos mismos—, entonces están proponiendo que la planificación pública se oriente por causas que no se pueden observar, medir, contrastar ni exigirle a nadie que demuestre. No hay presupuesto, indicador, ni evaluación de impacto que pueda corregir una política cuyo mecanismo de ejecución es “dios proveerá”.
Y ése es el problema: cuando una política fracasa, un gobierno democrático debe explicar qué diagnóstico erró, qué recursos faltaron y qué se hará distinto. Una administración que gobierna basada en milagros siempre puede culpar a la providencia, la falta de fe o a una voluntad divina que nadie puede auditar, y dirán sin sonrojarse que los caminos de dios son inescrutables, o algo así.
Esto es peor que la Economía Naranja construida sobre siete pilares porque siete eran los enanitos de Blancanieves. No sé cuál es la tara de los gobiernos de derecha que los lleva a recurrir sistemáticamente a cuentos de hadas para justificar sus disparates autoritarios. Pero nadie puede decirme que esto no es vergonzoso.
¿Dónde están ahora todos esos indignaditos profesionales que inflan el pecho y preguntan, con tono de angustia patriótica, “¿qué van a pensar en el exterior?”? Siempre tan preocupados por la imagen del país. ¿Dónde están todos los que le enviaron amenazas de muerte a una modelo europea por hacer un tweet ofensivo? Ahh, pero esto no. La preocupación por la reputación nacional sólo aplica cuando algún colombiano particular hace algo que ellos consideran bochornoso. Ahí sí: ese individuo, por sí solo, es responsable exclusivo de mancillar el buen nombre de la patria.
Pero cuando el Gobierno Nacional invoca la superstición en nombre de todos los colombianos, cuando basa su plan de gobierno en la intervención ‘divina’, cuando anuncia que piensa recortar derechos y amputar libertades individuales en modo bestia para satisfacer su sed de machismo y homofobia, entonces la indignación desaparece. Lo dicho: superstición y chovinismo.
Porque, a ver: basar el plan de gobierno de un país en la suspensión de las leyes naturales —que es la definición de milagro— se parece bastante a lanzarse de un avión sin paracaídas aduciendo que “dios proveerá”. Y esa misma frase será, seguramente, la excusa cuando la gente no pueda pagarse tres comidas al día ni mantener un techo sobre su cabeza. El gobierno no tendrá obligación alguna: ¿no sabían, acaso, que el país se preparó con base en los milagros, así que dios proveerá?
Ese es el plan del presidente electo Abelardo de la Espriella.
Hay que contemplar el descaro de esta gente. Su gobierno empezó con un terremoto vigoroso que afectó a más de 200 iglesias y catedrales, incluida la Catedral de Cali. No, por supuesto, porque un terremoto sea un mensaje de dios: la tectónica de placas no entrega comunicados de prensa, pero si ellos insisten en leer los acontecimientos públicos mediante ‘señales’ y ‘milagros’, tendrán que explicarnos por qué su dios le dio la bienvenida al nuevo gobierno con ese temblor.
Tremendo acontecimiento sensible atribuido a dios. Y todavía tienen la audacia de insistir en que le rezan al dios correcto, a pesar de que es la deidad a la que le derrumbaron cientos de templos en cuestión de segundos.2
Porque si las mujeres no tienen autonomía corporal como si fueran personas, ni valen los estudios que demuestran que los niños simplemente necesitan crecer en una familia que los ame independientemente del sexo de los padres, tampoco hay tectónica de placas, sólo señales, castigos, milagros y los caprichos de una deidad convenientemente interpretada por los hombres que quieren decirnos a los demás cómo tenemos que vivir.
El Gobierno Nacional no sólo busca destruir las escasas conquistas sociales logradas en Colombia durante los últimos veinte años, sino que al tiempo tira a la basura la idea misma de que vivimos en un mundo físico y material: un mundo que podemos conocer, comprender e intervenir de manera relativamente estable para mejorar la vida humana. En su lugar, nos ofrece la fantasía de un mago cósmico obsesionado con cigotos y con quién se acuesta con quién.
Y ésta es la gente que supuestamente va a acabar con las disidencias de las Farc y el ELN. Sí, seguro — supongo que los derrotarán lanzando un hechizo, o algo.
Ayy, los colombianitos sí que son fáciles de engañar. Bajados del monte con espejo. Lo dicho: superstición y chovinismo.
No — aquí el único milagro es que la gente no ande todavía en taparrabos.
Para ser justos, también lo han hecho las demás administraciones de este siglo: Uribe, Santos, Duque y Petro. El laicismo ha sido una piedra en el zapato de todos los gobiernos colombianos desde la Constitución de 1991.
Cada vez que un gobierno anterior celebraba una misa por aquí, imponía clases de religión por allá, instalaba su sede de campaña en el local de un culto o invitaba a cuanto mercachifle metafísico encontraba a bendecir el proceso de ‘paz’, abría —con excusas cada vez menos veladas— el camino hacia los despropósitos teocráticos que hoy exhibe abiertamente el nuevo Presidente y que también formaron parte de su campaña.
El interés compuesto es cosa brava.
Eso sí: mientras tanto, el ministro de Vivienda se iba de vacaciones, porque quién no necesita descansar después de trabajar una semana; y la flamante recién posesionada Primera Dama canalizaba donaciones para los damnificados hacia su propia fundación. Ahh, sí: dios proveyó todo eso.


