Es de un ñoñazo que no puedo con él.
Su anatomía compuesta a partes iguales de señalización de virtud, indignación selectiva, pretensión de superioridad moral e influencer wannabe necesitado me repele por completo. Apesta a tribalismo alimentado por un complejo de narcisismo.
En fin, es que, ¿cómo califica uno como “bueno”? O, mejor dicho: ¿no hemos superado ya la clasificación de Segundo de primaria y de película de superhéroes de los Noventa donde las personas eran buenas o malas y no había espacio para los grises, la ambigüedad? ¿En serio?
Hay gente que, si no hubiera sino las dos categorías, yo clasificaría como “buenos”, pero que aún así no seguiría por nada del mundo: hay unos que publican sobre temas que no me interesan o que directamente me aburren, otros tienen problemas personales conmigo (o yo con ellos), y otros simplemente publican desinformación sobre ciertos temas que yo considero que son de la mayor importancia y en los que debería haber un respeto absoluto por los datos y los hechos. (Seguramente ellos no lo hacen por desinformar de manera deliberada, pero su sesgo de confirmación les termina por ganar la partida.)
Creo que existen clasificaciones mucho más ricas y complejas para los seres humanos que las de bueno y malo, que una misma persona puede hacer cosas más o menos buenas y cosas más o menos malas, y que hay cosas que son buenas en un sentido e igualmente malas en otro, como para reducirlo todo así tan maniqueamente.
Y me conozco lo suficientemente bien para saber qué me gusta y qué no me gusta, y prefiero hacer yo mismo la curaduría de mis redes sociales, y decidir yo mismo a quién sigo y a quién dejo de seguir, según estándares un poco más sofisticados que el que alguien haya participado de un hashtag diseñado para que lo comparta todo el que esté hambreado de seguidores en Twitter.
De igual forma, si alguien me va a seguir, esperaría que fuera porque cree que lo que digo los reta intelectualmente, es interesante, novedoso, que los pone a pensar, que los inspira, que los informa, que pone en palabras lo que sienten y no habían podido expresar, o que los ayuda a tomar mejores decisiones, o que les alegra el día. Mejor dicho: que mi presencia en redes sociales es un poco más que un rastro de bondad destilada percibida por alguien que está famélico de reconocimiento y cree que le deben sus 15 minutos de fama.

