El riesgo de ser un capitalista
Una radiografía de lo que significa "asumir el riesgo".
Cuando uno habla por más de cinco minutos con un capitalista o un defensor del capitalismo, lo más probable es que en algún momento se encuentre con el argumento de que es apenas natural que los dueños de la empresa y sus gerentes ganen cientos y miles de veces más que sus trabajadores, porque al ser quienes ponen el capital se están exponiendo a un mayor riesgo.
¿Riesgo de qué? De perder el capital y que les toque ponerse el mono, empezar a trabajar, y que alguien más les pague un salario varios órdenes de magnitud menor. Nunca queda claro por qué esta situación es aceptable para sus trabajadores actuales, pero no lo sería en ningún momento para ellos.
Para completar, quienes asumen mayor riesgo siempre son los trabajadores, cuyos puestos de trabajo pueden verse eliminados si a la compañía le va mal (¡y también si le va bien!), o si su puesto es reemplazado finalmente por la mal llamada inteligencia artificial. Por ejemplo, durante Covid, en muchos países, los trabajadores “esenciales” que no podían trabajar a distancia tuvieron que seguir saliendo y exponerse a ser contagiados antes de que tuviéramos las vacunas, y a pesar de asumir ese riesgo letal, sus salarios no subieron a niveles “esenciales”. Acaso, ¿cuántos gerentes y dueños de empresa murieron por tener que seguir trabajando de manera presencial?
Aunque en su recuento se pinten como valientes guerreros que galopan desafiantes contra el brumoso y ambiguo “riesgo”, lo cierto es que en el momento en el que un poquito de riesgo asoma la cabeza, nuestros intrépidos capitalistas se transforman en lloricas, repitiendo como disco rayado un memorial de agravios: “hay muchas regulaciones que no dejan trabajar“, “cada vez es más costoso contratar empleados“, o les resulta inaudito tener que pagar impuestos para devolverle un poco a la sociedad que ofreció las condiciones necesarias para que pudieran poner el negocio en primer lugar.
Los confinamientos por Covid —una medida de emergencia por salud pública— se convirtieron rápidamente en objetivo de ataque de la clase empresarial, quienes, en vez de asumir el riesgo, como dicen que hacen, prefirieron cuestionar la sabiduría de los científicos y presionar a los políticos para reabrir las puertas al público mucho antes de lo que la evidencia disponible sugería en ese momento.
Aún hoy, más de cinco años después, hay gobiernos que ordenan a sus trabajadores remotos que regresen a presencial, para evitar que los comercios de los distritos financieros quiebren por falta de clientes. En estos casos, “asumir el riesgo” consistió en ir a llorarle a Papito Estado para que obligara a sus empleados a asumir más gastos, más tiempo en desplazamientos y menos tiempo con sus familias. Una contundente muestra de la valentía capitalista.
Tampoco parece haber mucho riesgo a la hora de cometer delitos y destruir vidas ajenas. Cuando la burbuja inmobiliaria estalló en 2008, voló por los aires la economía mundial, y sumió países enteros en una depresión económica y, hasta la fecha —más de 15 años después—, el total de condenas a prisión por esto es cero. El gobierno americano se vio forzado a rescatar a los bancos, porque no hacerlo amenazaba con borrar de un plumazo los ahorros y pensiones de más de la mitad de los profesores de escuela y bomberos de EEUU. A pesar de esto, lo que Wall Street odia de todo el episodio es la CFPB, la agencia de protección a los consumidores creada para evitar que vuelvan a hacer algo así. Jugar con dinero y vidas ajenas son riesgos que sí están dispuestos a tomar.
Así que cuando los defensores del capitalismo invocan el mito del riesgo, a mí siempre me viene a la mente el personaje de Sir Robin de la genial Monty Python y el Santo Grial (alerta: spoilers). Sir Robin, uno de los caballeros de la Mesa Redonda, era conocido como Sir Robin el Valiente, y su nombre siempre iba asociado a su gallardía. El caso es que Sir Robin sale de Camelot acompañado por su juglar favorito (cuya balada a la valentía de Sir Robin es simplemente exquisita), y al encontrarse con el temible Caballero de Tres Cabezas en el oscuro bosque de Ewing, huye a toda prisa, hecho que es incluido en la balada del juglar, quien apunta que Sir Robin “huyó valientemente”, y “galantemente se acobardó”, entre las protestas del ‘corajudo’ caballero.
Con los capitalistas pasa igual: invocan ad nauseam el mito del riesgo, pero al momento de enfrentar el menor de los riesgos, se acobardan y salen huyendo, sin dejar de invocar nunca su valentía. Parece ser que, en puridad, el único riesgo de ser un capitalista es que alguien note lo muy aversos que son al riesgo, y deje de creer el mito.



